» Escriben los Vocales
por Oscar Andrés De Masi
 
Casi por azar, encuentro en un estante de mi biblioteca los dos tomos que bajo el título de El monasterio de Santa Catalina de Siena de Buenos Aires, publicará en 1955 el arquitecto Andrés Millé. Un azar sospechoso y más bien “sincrónico” (dirían los seguidos del método junguiano), por este preciso y sensible momento en que el conjunto monumental de “Las Catalinas” se ve amenazado en sus valores patrimoniales, por un proyecto de edificación contigua que, por lo menos, impactará dramáticamente en la percepción visual y el entorno de los últimos perfiles coloniales que quedan en aquel barrio. No voy a ocuparme aquí de los aspectos críticos de la propuesta urbana, tema que el lector encontrará en la Carta Editorial y otras secciones de este Boletín. Quiero, sí, rescatar, en una coyuntura tan oportuna, estos dos volúmenes de Millé, que ya son un clásico de ese capítulo de la historiografía de Buenos Aires que solemos llamar las “antigüedades porteñas”; y que tuvo cultores curiosos y exquisitos como V. F. López, Pillado, Peña, Quesada, Biedma, Wilde, Bilbao y tantos otros primero, y más modernamente, Zabala, Udaondo, Lafuente Machain, Torre Revello etc.
Pero, mientras aquellos nombres se enlistaban en el repertorio de los historiadores (ya fueran salidos de la “tertulia erudita”, ya de las nuevas maneras heurísticas de abordar el pasado en los archivos), hubo algunos casos notables de profesionales ajenos a la tarea etnográfica pero que recayeron en ella, llevados por encomiendas técnicas puntuales, a las cuales debieron dar soporte histórico documentado. El resultado de tal contingencia fueron algunas obras cuya lectura sigue siendo casi obligada en su materia. La Historia del Puerto de Buenos Aires de Eduardo Madero es una de ellas. Los dos tomos de Millé sobre Santa Catalina (sumados a su anterior monografía acerca de la Recoleta), es otra.
Los estudios históricos de Andrés Millé habían sido motivados por su participación en la restauración de la antigua iglesia de los Recoletos. Se trataba, como el mismo lo confiesa, de un encargo inesperado, que lo indujo a una inmediata búsqueda de antecedentes en archivos. La obra que compiló bajo el título de La Recoleta de Buenos Aires. Una visión del siglo XVIII, obtuvo en 1952 el Premio de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, otorgado por el señero Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades.
El hallazgo de tantísima información relativa al constructor don Juan de Nabona, impactó fuertemente al autor, quien siguió a su personaje más allá de la Recoleta, para reencontrarlo, en 1737, ofertando la única propuesta de ejecución de obras para el Monasterio de Santa Catalina de Siena.
Fue Nabona, precisamente, quien propuso llevar el edificio a un terreno más amplio que el solar de México y Defensa, y más alejado del centro de la ciudad.
Si bien el gobernador don Miguel de Salcedo apoyó el cambio de emplazamiento, por diversas razones, ello no fue del agrado del Cabildo, originándose un pleito que, entre oficios, vistas, réplicas y demás tramitaciones, duró ¡37 años!
El desarrollo de esa larga lucha, unas veces sorda y oculta y activa, y a las claras otras, es el motivo principal de este trabajo, escribió Millé en el prólogo. El resultado de sus indagaciones es no sólo un completo y documentado dossier del incidente en cuestión, sino también un cuadro evocativo de Buenos Aires en el siglo XVIII, como lo indica el subtítulo de la obra.
A Millé le cabe el mérito –que él mismo no habría de sospechar, entonces- de haber podido acceder en consulta a la cuantiosa documentación de los archivos de la Curia de Buenos Aires, que serían incendiados apenas meses después de concluida la investigación. Su reproducción textual es, hoy, la única salvaguarda de muchos de aquellos folios reducidos a cenizas.
Encuentro una rara paradoja en el caso de Santa Catalina: ya desde el origen, su definitivo emplazamiento fue motivo de una controversia. Pero inventar que el pleito colonial se zanjó a favor de una mayor superficie para el convento y su templo, hoy el conflicto reaparece, precisamente, disparado por un paradigma opuesto: el avance de los emprendimientos inmobiliarios a expensas de las menguadas áreas históricas y las últimas reservas de amortiguación visual de los pocos monumentos coloniales que quedan en pie en Buenos Aires.
Como sea, si el emplazamiento del convento de Santa Catalina propuesto por Carbona dio materia a semejante debate (y con semejantes litigantes: gobernador, Cabildo, Obispo, monjas catalinas, viudas y herederos…), he allí un motivo adicional y novedoso de respeto a sus fábricas supérstites. Y es mérito de los dos tomos escritos por Millé el traernos desde el fondo de los siglos coloniales –como una vertiente renacida en un cauce antiguo- esta resignificación histórica no sólo del edificio, sino también de su lugar, monumentum et ubi, dirían los latinos. Una razón oportunísima para volver sobre esta monografía que, todavía, suele aparecer en las librerías anticuarias de la Capital.
Casi tres siglos después de los episodios leguleyos desempolvados por Millé, la manzana de Santa Catalina vuelve a ser motivo de discusión porteña. A diferencia del litigio colonial, no hay ahora una autoridad local que asuma la defensa de lo que subsiste del convento y de sus valores patrimoniales. Pero hay, por fortuna, vecinos, párroco, ONG’s y medios de prensa que suman su voz a la diligente actuación de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.
Como en el pleito del siglo XVIII, la historia juzgará también a estos actores contemporáneos.

La iglesia y un sector del convento de las Catalinas, sobre la calle San Martín, en 1875, en una foto que ilustra el Tomo I de Millé. Entornos todavía amortiguados.