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Restituir patrimonio, una consigna federal impostergable. El caso de una placa jesuítico- guaraní.
 
Mayo de 2012
 
 

por Oscar Andrés De Masi

 

La conciencia social del valor del patrimonio, como construcción progresiva, avanza según dos vectores paralelos: las aportaciones doctrinarias y las demandas crecientes de identidad y de memoria de las comunidades.

 

En el pasado, numerosos sitios patrimoniales fueron despojados de todo o de parte de sus componentes (artísticos, arqueológicos, constructivos) para nutrir colecciones centralizadas, principalmente en la Capital, pero también en la provincia de Buenos Aires (caso del Museo Colonial e Histórico de Luján). Y no hablamos aquí de los saqueos ilegales perpetrados por depredadores al servicio de compradores sin escrúpulos. Hablamos de acciones oficiales resueltas por altos funcionarios del Estado con la intención, honesta pero errónea, de traer aquellas piezas históricas al ámbito metropolitano, para facilitar su exhibición ante un público más numeroso, tanto de nacionales como de visitantes extranjeros.

 

En algunos casos de colecciones de objetos, mediaba tasación y compra.  Así ocurrió con la colección Gnecco, que vino de San Juan al Museo de Luján en tiempos de Udaondo, y que incluía, entre miles de piezas heterogéneas, las puertas de la Casa de la Independencia en Tucumán. En otros casos, tratándose de sitios sometidos a la custodia nacional, bastaba un acto de imperio del gobierno y allá viajaba, tal o cual fragmento de un monumento, en una operación de ablación y trasplante patrimonial. Como antes señalé, aquella praxis tuvo su lógica, en un contexto de fuerte centralismo capitalino, de déficit de museos en la provincias y territorios nacionales, de carencia de vías fluidas de comunicación terrestre con sitios del interior y, por ende, de escasas oportunidades para los visitantes. La Capital (y sus alrededores) subsanaba aquellos inconvenientes, a costa del inevitable vaciamiento del interior del país.

 

Justo es decir que, en más de una ocasión, estos traslados evitaron la pérdida definitiva de piezas, sometidas al abandono, a la intemperie y al saqueo.

 

De todo cuanto venimos expresando las ruinas jesuítico- guaraníes de San Ignacio Miní, en Misiones, ofrecen un ejemplo muy acabado. Invadidas por la selva durante más de un siglo, su redescubrimiento y revalorización fue iniciativa del gobierno nacional, dada la condición, entonces, de “territorio nacional” de la actual provincia misionera. Lugones, Julio Payró, Horacio Quiroga y algún otro cronista, contribuyeron a su instalación literaria en el imaginario de los lectores como arquetipo de ruina romántica [1]. Hasta el año 1944 habían estado libradas al saqueo de los visitantes que se aventuraban hasta el sitio. Por aquella época comenzó su restauración, bajo dirección del Arq. Carlos Luis Onetto, por encargo de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos. Desde entonces, como escribió Vicente Nadal Mora (quien integraba el equipo de restauradores), dejaron de ser las “remotas y legendarias ruinas de antaño”, integrándose a la población moderna de San Ignacio, que comenzó a crecer a su alrededor en canje de la selva.

 

Pero el gobierno nacional no sólo exploró y desbrozó parcialmente el terreno donde se asentaban las ruinas, sino que, actuando con la soberanía del propietario de una cosa cualquiera, en términos del derecho civil, dispuso del todo y de las partes, separando precisamente algunas partes del todo.

 

Pero la historia es bien interesante, porque, en ocasiones, el propio Estado nacional, tan proclive al despiece, ponía freno a las mudanzas, al menos cuando el objeto a mudar alcanzaba la escala edilicia.

 

Ocurrió que, en 1900, don Eduardo Schiaffino, que dirigía el Museo de Bellas Artes, comenzó a gestionar el traslado a la Capital del portal de la sacristía anexa al templo de San Ignacio Miní, en virtud de su valor artístico y arqueológico. Valores aquellos que, según una concepción centralista, sólo podían ser admirados adecuadamente en la capital del país… En este caso, en el Parque 3 de Febrero. Intervino el Intendente porteño en apoyo y se dirigió al Ministerio del Interior, como instancia jerárquica (en aquel tiempo la ciudad de Buenos Aires no gozaba de autonomía respecto del Poder Ejecutivo Nacional), alegando que: “obras de arte como ésta, a la vez que una reliquia histórica, no deben dejarse destruir por el abandono en que se encuentran y la acción combinada del tiempo; este pórtico, monumento vivo del pasado tan parco en manifestaciones artísticas, merece hoy figurar en uno de los más importantes sitios de esta gran capital y en lugar prominente, de manera que pueda contemplarse en toda su grandeza y esplendor arquitectónico…” [2]

 

El delegado federal en Misiones, don Juan J. Lanusse, se opuso en principio por razones de índole técnica: la fragilidad de la piedra arenisca traía un riesgo para los bajorrelieves durante la operación de traslado. Pero agregaba una consideración adicional, ya no técnica, sino, sin saberlo él, de tipo patrimonial.

 

Decía Lanusse que las condiciones de entorno y paisaje de Buenos Aires, tan diferentes del exuberante medio selvático misionero, podían perjudicar no sólo la contemplación del portal, sino hasta su misma conservación: “Lejos de despertar admiración y religioso respeto, esas piedras provocarían hilaridad y no tardaría en abrirse contra ellas la campaña que derribó el edificio de Palermo o el antiguo arco de la recova en la hoy Plaza de Mayo” [3].

 

Argumentos sensatos y avanzados desde el punto de vista de la disciplina patrimonial. En definitiva, el nudo de la cuestión era que, si la pieza de arquitectura se hallaba en riesgo, era bueno intentar preservarla (incluso con su traslado); pero que, de persistir el riesgo, era mejor dejarla en su lugar.

 

El conflicto fue resuelto por el General Roca, mediante un decreto del 7 de noviembre de 1901 que denegaba el traslado con estos considerandos sorprendentemente válidos: “que el valor de los monumentos históricos se halla vinculado íntimamente a los lugares donde fueron levantados; que es conveniente no privar a las distintas regiones del país del atractivo que ofrezcan obras que el arte y la naturaleza les hayan dotado…puesto que ellos pueden contribuir al conocimiento de los hechos históricos, las costumbres y los diversos caracteres que los han distinguido en todas las fases de la vida nacional”.

 

En definitiva, Roca era un hombre del interior y su argumentación lo revela como “provinciano en Buenos Aires”, según la frase de Sarmiento [4].

 

Pero no todos los elementos de San Ignacio Miní permanecieron en su sitio original. Retablos, columnas, dinteles y tallas llegaron a la Capital o a Luján.

 

Un caso relevante es la placa pétrea con el monograma IHS que desde el año 1901 se conserva en el Museo Histórico Nacional con el número de inventario 388. Se trata de una de las dos placas que flanqueaban el pórtico de acceso al templo mayor de San Ignacio Miní, ostentando, cada una, el monograma de Cristo (IHS) y de la Virgen María (AM) [5]. La placa alusiva a la Virgen María es bien visible en la fotografía tomada por Vicente Nadal Mora, posando él mismo, delante del imafronte, en el sector de la derecha respecto de la puesta central [6].

 

En 1895, Juan Ambrosetti visitó las ruinas, como comisionado del Instituto Geográfico Argentino, junto con el agrimensor Juan Queirel, consignando que, a cada lado del portal de la iglesia, adosadas al muro, se hallaban sendas placas: a la izquierda la de Cristo y a la derecha la de María. Ambrosetti señalaba que una de las placas fue desamurada para llevarla a la Exposición Continental de 1882, en Buenos Aires, pero que una vez retirada, no pudo ser trasladada por su peso (aquí valen los argumentos técnicos de Lanusse, luego, en 1900) y que por ello había quedado en el suelo.

 

Es importante aclarar, en este punto, que se hallaron dos placas con el monograma de Jesús, IHS. Una, retirada de la fachada (sector izquierdo del imafronte) fue finalmente trasladada a Buenos Aires en 1901 por iniciativa de Carlos Pelegrini, luego de una excursión al lugar. La otra, de menores dimensiones pero idéntico monograma, fue encontrada en una nave del templo aunque se ignora su ubicación original [7]. Esta última permaneció en el sitio.

 

La lápida con el monograma IHS, mencionada por Ambrosetti y por Nadal Mora, y llevada a Buenos Aires en 1901, fue mostrada a los lectores recién en 1962, cuando Guillermo Furlong publicó “Misiones y sus pueblos guaraníes”, advirtiéndose en la imagen los deterioros de la pieza, fragmentada en cinco partes merced a visibles grietas. Es la misma pieza que desde 1901 se conserva en el Museo Histórico Nacional y que Pellegrini, en carta a Adolfo P. Carranza de octubre de 1901 dice haber encontrado caída del frente principal del templo [8].

 

La placa fue exhibida en la Sala Misiones Jesuíticas y fue descripta, en términos muy encomiosos para con los padres jesuitas y la destreza artesanal guaraní, por el director Antonio Apraiz, en el Boletín que publicaba la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos, en su número de 1944. Antes había estado en la Sala Colonial [9]. Hoy no se exhibe.

 

La ficha de conservación del Museo Histórico Nacional la describe como trozo de piedra proveniente de un templo de las misiones jesuíticas, de 1,42m X 2,28m x 0,15 cm y  partida en cinco pedazos. Su estado de conservación se estima como regular y estructuralmente inestable, efectuando diversas recomendaciones [10].

 

La cuestión de la restitución de la lápida a San Ignacio Miní fue planteada en el año 2006, mediante un proyecto legislativo, que contó con dictamen favorable en la Cámara de Diputados (5 de setiembre de 2007) y visto bueno de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, que por entonces presidía el Arq. Alberto S.J. de Paula, un historiador versado en materia jesuítico- guaraní.

 

La provincia de Misiones solicitó nuevamente la restitución en setiembre de 2011, contando para ello con la adhesión del Museo Histórico Nacional (ya antes, en marzo de 2009, se había expresado en igual sentido) y de la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos [11]. A su turno, prestó conformidad la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, reafirmando así su mirada federal e identitaria del patrimonio perteneciente a las provincias argentinas [12], y su voluntad de restitución de piezas patrimoniales en aquellos casos en que el monumento pueda ser recompuesto y bajo garantía de la debida custodia y exhibición en cabeza de la autoridad local [13].

 

Los tiempos han cambiado: la hora de la restitución patrimonial reemplaza al atesoramiento centralista.

 

¿Qué resta por hacer? Tratándose de un bien ingresado por donación al patrimonio de la Nación, se impone la vía del trámite legislativo. Si el proyecto dictaminado favorablemente en el año 2007 tuviera aún estado parlamentario, ello facilitaría la instrumentación legal de una merecida restitución patrimonial a su sitio de origen, pertenencia e interpretación

 

 


[1] “Dos raras concesiones a la estética de la ruina en Mario J. Buschiazzo”. Boletín CNMMLH marzo 2011

[2] citado por Alberto S. J. de Paula, “La Preservación del patrimonio arquitectónico argentino (1850- 1950). Génesis e influencias europeas y estadounidenses” en Revista D.A.N.A, Instituto Argentino de Investigaciones en Historia de la Arquitectura Nº 19, pág. 76.

[3] citado ibídem.

[4] La frase decía, más o menos: “soy provinciano cuando estoy en Buenos Aires y soy un porteño cuando voy a las provincias”.

[5] La abreviatura IHS corresponde al mote latino Iesus Homini Salvator, lema de la compañía de Jesús; la abreviatura AM, corresponde al saludo del ángel Ave María, según el relato evangélico.

[6] Ver Vicente Nadal Mora, Monumentos históricos de Misiones- San Ignacio Miní. Con una introducción del P. Guillermo Furlong S.J, y dibujos del autor. Edición del autor. Poseo en mi colección el ejemplar numerado 22, finalizado en octubre de 1955. La foto se reproduce en la página 67. Un estudio particular de la placa de la Virgen María lo efectúa el autor en la página 122.

[7] cfr. Vicente Nadal Mora, ob.cit, pág 121

[8] Museo Histórico Nacional, Documentos de Donaciones, Libro VII, años 1901-1902-

[9] cfr. Epte SC Nº 11554/2011, fja 13.

[10] cfr. Epte SC Nº 11554/2011, fja 14 y 15

[11] Todos los antecedentes en el Expte SC Nº 11554/2011

[12] Carta Editorial “Somos federales”. Boletín Informativo de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, septiembre de 2009