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Memorias de la Comisión XVI: González Garaño reemplaza a Santa Coloma en el Museo Histórico Nacional
 
Enero de 2012
 
 

por Oscar Andrés De Masi

En la sesión del 10 de abril de 1939- la primera de aquel año- el vocal Alejo González Garaño presentó un informe escrito acerca de la tarea de identificación y certificación de los objetos del Museo Histórico Nacional, derivada de la visita ministerial al Establecimiento. El vocal informante dejó constancia de “los inconvenientes que había tenido y las deficiencias que había notado en algunos de la sección colonial”. Nuevamente se ponía en discusión la gestión del director Santa Coloma, quién se hallaba cada día más enfermo.

Teniendo en consideración esta cuestión de la salud del director, se resolvió un aplazamiento del asunto y, en el interín, solicitar la cooperación del secretario, de apellido Apraiz, del Museo, a quien se le recordaría, también y nuevamente, cuáles eran “las facultades que tiene la Comisión”. Este párrafo parece indicar una precaución ante una posible reticencia del funcionario, seguramente ligado al director. Allí quedó la cosa.

El 4 de julio de 1939, casi al abrir la sesión de esa fecha, el presidente cumplió “con el penoso deber de dar cuenta de la sensible perdida ocurrida con el fallecimiento del director del Museo Histórico Nacional don Federico Santa Coloma Brandsen, quién había desarrollado una labor encomiable al frente del Museo…” Levene había dispuesto que los miembros de la Subcomisión de Museos se trasladaran “al domicilio del extinto para velar su cadaver”. Se designó a Udaondo para pronunciar el discurso fúnebre, en nombre de la Comisión. También se envió una corona floral.

Informado y resuelto, Levene solicitó a los presentes que “ se pusieran de pie en homenaje a la memoria del director fallecido y así se hizo”. Finalmente, se resolvió adherir al proyecto del Senador Arrieta  para conceder una pensión graciable a la viuda de Santa Coloma y se encomendó a Ravignani, quién se hallaba presente, que auspiciara el proyecto desde su banca de diputado. Hasta aquí, se observaba escrupulosamente el ritual del buen tono entre caballeros, dando razón al verso que Borges aún no había escrito: No hay nada como la muerte / para mejorar la gente…

Acto seguido, y vueltos todos a sus sillas, Levene expresó que había consultado la opinión de varios vocales, con anterioridad a esa reunión y apenas producida la muerte de Santa Coloma, para llenar la vacante en el Museo. Era pues, facultad, entonces, de la Comisión Nacional, proponer al poder Ejecutivo el nombre del candidato. Todos coincidieron en el nombre del vocal González Garaño (hubo otros nombres, entre ellos Rómulo Zabala  que prefirió autoexcluirse), del cual ya había sido informado el Ministro. Y he aquí la sorpresa: Levene terminaba informando que el nombramiento, “que le era muy grato comunicar a los señores vocales,”¡ se había producido el día anterior!

Es interesante destacar que Levene obsequiaba al directorio con un hecho consumado. Quizá no todos hubieran coincidido en el candidato: de hecho, siempre siguiendo el informe de Levene, el Ministro le había preguntado “Sí González Garaño era el candidato de la Comisión”, contestándole “que lo era, sin duda, de la gran mayoría”…

¿ Y la minoría? ¿Quienes hubieran objetado ese nombre? No lo sabemos. Lo cierto es que una ligera desprolijidad se percibía en el procedimiento de urgencia, ya que “ después de un cambio de ideas se resolvió que lo expuesto por el presidente sobre los motivos”, se hiciera constar en el acta y que se ratificaran sus apuradas gestiones…

¿Que ocurrió acto seguido?

Previsiblemente, el ritual marcaba ahora que González Garaño tomara la palabra para agradecer su designación (que también previsiblemente, ya conociera desde el día anterior) cuidándose de destacar que no había realizado personalmente la más mínima gestión para acceder al cargo. Agregó que esta nueva labor lo apartaría de sus hábitos de vida (??) y de sus aficiones más íntimas (???), pero que se dedicaría plenamente a sus nuevas funciones. Luego hizo presente que, con pena, tendría que abandonar la Comisión porque siempre había sostenido que el director del Museo Histórico Nacional no debía integrar el cuerpo colegiado.

Terminando este enternecedor discurso, se produce una situación análoga a la irrupción del coro en la tragedia griega: Ravignani quiere dejar constancia del agrado que le producía el nombramiento al cual podría aplicarle la expresión inglesa “the right man in the right place”; Cullen no quiso quedarse atrás  con la cita culta y agregó que cabría decir “vox populi, vox dei”, en virtud del general aplauso que causó la designación. Todos los otros vocales aprobaron estas ocurrencias.

Levene, visto el clima de aclamación, avanzó un poco más y señaló que si bien González Garaño planteó la incompatibilidad de sus nuevas tareas con las de vocal, su renuncia debía girarse a la Subcomisión de Interpretación y que, al igual que otros directores, podía colaborar con la Subcomisión de Museos. Ravignani estuvo de acuerdo y agregó que aquellos también debían concurrir a la Subcomisión  de Hacienda (porque en ella se resolvían los presupuestos).Así se resolvió.

Pero todavía hubo más sorpresas: acto seguido, Levene “dio cuenta de haber puesto en posesión de su cargo al nuevo director por exigirlo  así el  interés del propio Museo”. Vale decir: ni un día de acefaliá y mucho menos, ni un día de reinado del sospechado secretario del Museo… Y he aquí que el momento se presentaba propicio para cargar las tintas sobre este secretario: tomó la palabra el vocal militar, el coronel Best, quién denunció un hecho observado el pasado domingo cuando concurrió  al Museo y preguntó por el secretario, que se hallaba ausente. Le fue imposible obtener el número de teléfono del secretario, porque los empleados lo desconocían, lo mismo que su misterioso domicilio. Agregó Best que “el Museo estaba lleno de público y sin embargo el secretario no se encontraba allí”… Se tomó nota.

¿Qué más faltaba? Levene pone a tratamiento un pedido de Santa Coloma para designar  como ayudante 1º del Museo a un tal Máximo Rodríguez. Vendría a ser, ahora,  casi una petición póstuma de aquel director fallecido al cual, minutos antes, el cuerpo homenajeaba de pie con sentidas palabras. Podría pensarse, como una cortesía también póstuma, acceder a tan menor pedido. Y sin embargo ¡no! Ravignani  propone que el trámite pase al nuevo director para que resuelva a su criterio, con la única condición de que cualquiera  que fuera a designar debía ser argentino nativo. Este requisito ya lo había planteado Udaondo como regla general para todos los museos en la sesión del 22 de junio de 1938.

Como se ve, a medida que la reunión avanzaba, Santa Coloma iba quedando en el olvido. Pero todavía faltaba en toda esta pantomima el acto final, un epílogo inesperado y casi surrealista: en un momento promediando la reunión, González Garaño se despide de los presentes, “siendo objeto de aplausos y expresivas demostraciones”…; de  parte de los mismos señores que, minutos antes, penaban por Santa Coloma; teniendo en cuenta los antecedentes del caso, yo pienso que en esta despedida ruidosa eran sinceros: librarse de Santa Coloma por causas naturales solucionó una tirantez inaguantable con aquel director.

Es interesante seguir, de ahora en más, la actitud hacia el nuevo director. Podría sintetizarse diciendo que nada se le niega (como al anterior) y que todo se le concede: en la sesión del 24 de julio, se lo autoriza a nombrar empleados del Museo utilizando para ello los cargos de ordenanzas; en la misma sesión,  Ravignani se refiere a la  necesidad de nombrar un subdirector, “de modo que el secretario quede exclusivamente destinado a funciones administrativas.” (otra vez el dichoso secretario…); en la sesión del 16 de agosto, se discute el nombramiento del vicedirector ( se habló de Juan Canter, de Amadeo Artayeta,¡ y del secretario Apraiz, bastante apoyado por Udaondo!), y prevalece, naturalmente, el candidato de González Garaño que era el académico Mario Belgrano, aunque la indicación de que fue por mayoría de votos revelaría un previo disenso; en la misma sesión, se accede al nombramiento solicitado de un ayudante 1º, distinto obviamente del que proponía Santa Coloma in artículo mortis; en la sesión del 25 de setiembre, se autoriza la construccion de un sótano destinado a depósito; en la sesión del 4 de diciembre, se consideró la propuesta de González Garaño de clausurar el Museo durante los meses de verano y hasta el 15 de abril, para una limpieza y organización general. Era una medida extrema, a contrapelo de la intención de la Comisión de dar a los museos una mayor apertura. Sin embargo, ya que lo pedía González Garaño, se lo autorizó. Es de imaginar la reacción que hubiera causado un similar pedido de Santa Coloma.

En fin, el año 1939  finalizó con el Museo Histórico Nacional a punto de cerrar sus puertas hasta el otoño, pero ahora  en manos de un director tan gratísimo para la Comisión Nacional, como era non grato su antecesor.